Fotografías y textos de María Dolores Bolívar
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Todos se preguntan ahora qué pasará, quién pasará. Mentira que haya amainado el huracán generado por una propuesta oprobiosa que habría convertido en criminales de a plumazo a los indocumentados de todo el país. Mentira también que en ciudades como San Diego las marchas hayan decrecido en números. Aquí una breve crónica y todas esas fotos que hablan más que mil palabras.
Me uní a la marcha de Escondido cuando apenas iniciaba. Eran las siete de la mañana. Los dejé solo para hacer un round de tiendas y negocios, todos cerrados. No pareció prender la campaña "Salga de compras hoy", iniciada por los voceros de la América corporativa encarnados en quienes usurpan el título de Minute men. En cambio, al llamado de los magnavoces y el paso de las multitudes que iban creciendo, de cuadra a cuadra, fueron saliendo los trabajadores, los estudiantes, los simpatizantes, cientos de miles que se juntaron en distintos puntos de la ciudad.
Ante la mexicanidad inminente de Los Angeles, nadie niega que reunir un millón de personas no es cosa fácil. Sin embargo, las marchas de cada punto del país tuvieron su razón de ser y su especificidad.
De 7 a 9 y por todo el condadoEn San Diego la suburbanidad reinó como en toda otra actividad. Pequeñas comunidades se convocaron en su iglesia, en su parque, en su palacio de gobierno. Por todo el condado las manifestaciones y vigilias prendieron sin aparente metaorganización. Lo que en otros sitios se concentró en el tiempo acá se dispersó por toda la geografía sandieguina y a lo largo del día. De las siete de la mañana a la hora que habría de oscurecer y más. De norte a sur, de este a oeste, en Oceanside, en Fallbrook, en Encinitas, en Vista, en Escondido, en San Yisidro, numerosos contingentes formaron, a manera de escalones, esa expresión diacrónica y extensa que se dio por todos sitios.
Los mensajeros estelares fueron los coches. El que menos aportó a la comunidad, su comunidad, colocó su banderita en el auto. De un lado Estados Unidos pero del otro México. Las banderas ondearon de manera constante. Apenas aparecían en la hilera del tráfico, bastante holgado, se dejaban escuchar los cláxones apoyadores. De las ventanillas salían los brazos apuntando los pulgares hacia arriba y coreando "¡Sí se puede!" Por abajo y por arriba de los puentes las bocinas de apoyo repetían su tarareo y la gente gritaba sus consignas, así fuese en inglés, en español, en varios idiomas.
A diferencia de la marcha de abril, predominantemente poblada de hispanos, el 1ero de mayo fue multicultural. Había de todo, vimos banderas de Brasil, de Nicaragua, de El Salvador, de Honduras, de Puerto Rico, de Cuba. Banderas de Huelga, Banderas estandartes, vírgenes de Guadalupe. En segundo lugar en número y prestancia apareció la bandera estadounidense. Había cierto equilibrio. Una familia llevaba tres banderas pequeñas de Estados Unidos y una grande de México. Sobre carreolas, en los sombreros, colgando a manera de capas vimos los lábaros patriotísimos de la identidad del migrante.
Los pequeños también tuvieron voz
Yo acompañé a los marchantes durante más de doce horas, de norte a sur, sin alejarme salvo para dirigirme a otro punto y a mi paso sólo vi un opositor, ¡uno solo! Le pregunté donde estaban los de su asociación y me comentó que no tenía ninguna asociación. Cuando inquirí si no tenía miedo de enfrentarse a una muchedumbre de miles de personas, me dijo que la policía le había pedido que se mantuviera al otro lado de la calle.
¿Por qué no convocó a sus vecinos, a sus parientes, a su esposa, le pregunté? Y aunque se quedó momentáneamente sin palabras me aseguró que su presencia ahí, solo, obedecía a su individualismo. "No hablo más que en mi propio nombre", subrayó. Y no pude sino lamentar que tan sofisticado recurso que construyó para sacar a pasear su pancarta móvil fuese el trabajo de una sola persona y de una sola voz, entre cientos de miles. Y qué interesante me pareció que llevase un jorongo; un jorongo adquirido en Tijuana o en Walmart, emblema de la mano de obra que quiere proscribir de su país... ¡Curioso!
Sencillos y elocuentes carteles lo dijeron todo en pocas palabrasYa para teminar, comparto que en el ambiente sobresalía la ausencia de discursos, de palabrería, de rollo politiquero. Las pancartas iban al grano y con pocas palabras. Improvisadas y escritas sobre la camiseta, el brazo, el rostro, un pedazo de cartón, su contundencia las volvía elocuentes, certeras, inolvidables. Así pudimos guardar unas cuantas que aquí dejamos para la memoria.





